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lunes, 3 de marzo de 2014

Cumpliendo fantasías

Llego a la oficina y me encuentro un regalo sobre mi mesa. Una caja, no muy grande, con un lazo y una nota. Mi Amo me la ha dejado antes de irse de viaje.
Leo la nota:
- Este regalo te ayudará a cumplir tu fantasía.
No dice nada más.
Abro el paquete y me encuentro un teléfono móvil.
No entiendo. No sé qué fantasía he de cumplir y no sé qué relación puede tener un móvil con todo esto.
He trabajado poco esta mañana, el móvil se ha metido en mi cabeza y no soy capaz de pensar en otra cosa.
La jornada se me ha hecho larga. He estado esperando que algo ocurriera pero nada ha pasado. Tempoco sé muy bien si tiene que pasar algo.

Todos se han ido ya, así que yo me iré también para casa. Llamaré a mi Amo y le preguntaré.
Suena una melodía desconocida, me ha asustado.
El móvil, casi lo olvido sobre la mesa.
Descuelgo.
-Calle Covadonga esquina San Bernabé. Cinco minutos
Me cuelgan.
No he reconocido la voz.
Estoy desorientada pero voy a seguir el juego, mi Amo me ha preparado algo y no puedo defraudarlo.
El lugar indicado está cerca pero he de darme prisa.
Esto es una zona comercial, muy concurrida. ¿Cómo sabré...?
Un coche se ha parado a mi lado.
- ¿Carmen?
- Sí
- Sube
Subo sin pensarlo aunque no conozco al conductor.
El coche arranca y empieza a callejear por la ciudad.
- Súbete la falda
Cuando paramos en los semáforos la gente puede verme, puede ver la mano del conductor sobre mi muslo, puede ver cómo abro las piernas para facilitarle la labor.
Aunque sea un desconocido para mí, está claro de que no lo es para mi Amo.
- Estás bien enseñada
El coche entra en un céntrico parking y estaciona en una apartada plaza del último piso.
- Bajemos.
Es extraño, no conozco al hombre pero no tengo miedo, tengo curiosidad.
Estoy excitada.
Se va hacia un rincón.
Se apoya en la pared y se baja la cremallera del pantalón.
- Arrodíllate y cómemela.
No lo dudo.
La polla ya está dura antes de que yo llegue a tocarla. El hombre está muy excitado.
Sujeto su polla con fuerza por la base y me la meto en la boca.
Es grande pero entra bien, mucha saliva y relajación, ahí está el truco.
Cuando la saco hago que mi lengua juegue con fuerza con su frenillo.
La situación es comprometida, todos los parking tienen cámaras y no me gustaría ser grabada.
Eso me excita más y hace que me aplique con más interés.
Me sujeta la cabeza sin miramientos y me folla la boca con fuerza. La recibo entera, sin problemas y eso le gusta.
Ha aguantado poco. Mi boca recibe el primer latigazo de leche, la saca y el resto caen sobre mi cara y mi vestido.
Todo ha sido muy rápido.
El hombre se guarda la polla mientras yo me levanto.
Me he roto las medias por las rodillas.
El hombre sube al coche y baja la ventanilla.
Yo espero alguna indicación.
Mete la mano en su bolsillo, saca un billete de diez euros y me lo da.
Arranca y se va.
Quedo desconcertada viendo el coche alejarse.
No sé cómo reaccionar mientras miro el billete.
Suena mi nuevo móvil.
Identifico el número que me llama, es mi Amo.
- Enhorabuena, ya has cumplido tu fantasía.
Es cierto.
Sonrío mientras me arreglo la ropa y me limpio el semen de la cara.
Me dirijo eufórica a la salida del parking.
Miro el billete.
Mi Amo sabe cómo hacerme feliz. He cumplido mi fantasía.
Ya soy puta.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Compartiendo su sabor

Este relato no es mío, es de una buena amiga, Garinoska, que lo comparte con licencia Creative Commons.
Lo traigo aquí porque mi identificación con lo que en él se cuenta es absoluta.



Allí estaba yo, observando en silencio a un extremo de la habitación, arrodillada, desnuda, expectante y entregada a la escena que se mostraba a mis ojos. El escenario era alucinante para mis sentidos, tanto o más de lo que jamás pude imaginar. Estaba descubriendo nuevas sensaciones de placer, una vez más dirigida por la mano de mi Señora.

Mi Ama se encontraba arrodilla entre las piernas de mi Amo. Ante ella se asomaba, fuera del pantalón, un hermoso y viril miembro. Mi Ama lo abrazó con su boca comenzando a mamarlo, sus labios y lengua acariciaban por completo aquella polla, humedeciéndola con su saliva de una forma magistral. La expresión de placer de la cara de mi Amo, y su respiración agitada, evidenciaba su excitación mientras la polla desaparecía una y otra vez en la boca de mi Ama, endureciéndose más y más.

Observarlos me tenía hipnotizada, nunca la polla de ningún hombre me pareció tan apetecible como en aquel momento la de mi Amo en boca de mi Señora. Deseaba ser partícipe de aquello.

Mi excitación iba creciendo y mi cuerpo me pedía a gritos comer aquella polla (pese a que eso nunca había sido algo especialmente excitante para mí).

Y yo allí, viendo y sin estar. No se habían girado ni una sola vez a mirarme, como si sólo estuvieran ellos dos solos en la habitación.

Pero mi orden era esperar, observar, permanecer quieta y en silencio sin hacer nada hasta no recibir la autorización de alguno de mis Amos.

Veía como mi señora seguía atrapando en su boca la polla de mi Amo, la apresaba con fuerza entre sus labios, podía ver la cara de gozo de mi Amo; y la de Ella. Oía sus gemidos, el chapoteo de la polla siendo chupada y succionada por la boca de mi Señora, el chasquido al contacto con la saliva. Esos eran los únicos sonidos que se escuchaban en la habitación, lo que retumbaba a mis oídos como una sinfonía lujuriosa que nota a nota me recorría entera, explotando en mi cuerpo y llenándome de placer. Los movimientos de entrada y salida de la polla del interior de la boca me tenían seducida; mientras, ritmo de la mamada iba en aumento, mi Amo empujaba fuerte su miembro, cada vez más fuerte, tratando de meterlo más profundo aún en la boca de mi Ama. Mientras, ella trababa de acompasar sus movimientos y lo hacía perfectamente, era fascinante el control que tenía mi Ama de la polla de mi Amo.

-¿Te gusta? -me dice mi Amo.

Me estremecí ante su pregunta, me di cuenta que ambos habían estado atentos a cada uno de mis movimientos y lo que la situación me estaba generando.

-Sí mi Amo, me encanta - dije más que seducida por la situación.

Era increíble la cara de placer y morbo que tenía mi Ama mientras se deleitaba lamiendo, chupando, mordiendo el erecto pene de mi Amo. Cómo era capaz de comerse de aquella manera semejante polla… era una imagen alucinante ver a mi Señora dándole placer a mi Amo de aquella manera, como se la mamaba, el ritmo, se la tragaba por completo y aquello provocaba mis ganas.

Al fin mi Amo me miró y decidió hacerme participe. Miro a mi Señora y tuve su aprobación.

-Ven perrita, acércate.

Gateé hasta unirme a Ellos, mi Ama que me recibió con un beso y entonces pude sentir el sabor de la polla de mi Amo por primera vez en su boca, mezclada con su aliento y su saliva, lo pude saborear mientras mi Amo, con su mano izquierda, acariciaba mi pecho, masajeaba mis senos, mi espalda, y con la otra masturbaba su aún duro pene.

Me sentí tan feliz en manos de mis Amos, siendo usada por ellos, que me hicieran participe de su gozo.

La lengua de mi Ama fue sustituida por la polla de mi Amo que estaba a punto de correrse. Apenas la deposita en mi boca con golpecitos que me permiten ligeramente lamer la punta de su cabeza y sentir y saborear los indicios de su corrida. Su cuerpo se tensa y su respiración se hace más fuerte. Ya viene, pero aparta de mí su polla y la deposita en la boca de mi Ama, dándole a Ella toda su corrida, vaciando en Ella su orgasmo, llenando su boca y cara de su semen, espeso, abundante y tibio ante mi mirada deseosa.

El rostro de satisfacción de mi Señora era inmenso, al igual que el vicio que se reflejaba en su mirada. Mientras mi Amo seguía a apuntando su pene a la cara de Ella en sus últimos espasmos. Cómo le gustaba ver la expresión de mi Amo cuando se venía en su cara.

Mi Ama se acercó a mí poniéndome de pie, llevándome frente a un espejo que se encontraba en la habitación. Sí, ya sabía cuál era su deseo. Sonrió y me colocó entre el espejo y Ella; Ella quedando frente a él, yo de espalda. Comencé a comer de su cara el semen que mi Amo había dejado en su bardilla, recogiéndolo con mi lengua, al igual que en su mejilla y sus labios. Finalmente comimos juntas de mi boca a la suya, mezclando en nuestras bocas saliva y semen en un beso lujurioso, hambriento y sediento a la mirada lasciva de mi Amo que se masturbaba nuevamente mirando satisfecho la escena y la imagen que se reflejaba el espejo.

domingo, 11 de abril de 2010

Historia de un descubrimiento

Hay una diosa a la que todos, ateos o creyentes, en algún momento de nuestra vida, hemos implorado ser beneficiarios de sus dones, la diosa Fortuna. Una diosa que parece empeñada, una y otra vez, en demostrarnos su inexistencia. Sin embargo, cuando te miro tendida a mis pies, acurrucándote entre mis piernas como una cachorrita mimosa en busca de refugio, sé, sin lugar a la duda, que la diosa Fortuna existe y yo he sido tocada por su dedo caprichoso. Me ha llevado cuarenta y ocho años saberlo, pero ahora lo sé. Cada vez que acaricio tu piel lo sé, cada vez que bebo de tus labios lo sé, cada vez que te entregas a mí sin condiciones, dispuesta a sufrir el castigo por mí, lo sé. Pero el camino hasta este descubrimiento ha sido largo, laberíntico y, en muchas ocasiones, duro y penoso.

En mi familia, el machismo no era un defecto, era la forma lógica de pensamiento y esto, cuando una es la hermana menor de seis varones, hacía difícil, bueno, difícil no, imposible, la más mínima posibilidad de lograr un desarrollo personal adecuado. Siempre fui la sirvienta de mis hermanos. Éstos siempre vieron en mi a una pobrecita infeliz sin criterio a la que tenían que cuidar. Cuando tras mucha lucha logré que me dejaran irme a la Universidad vi las puertas del mundo abiertas para mí. Conocí un mundo diferente. Allí no era la pobre muchacha, era alguien cuya opinión tenía el mismo peso que la de los demás. Fueron cinco años duros (mi continuidad dependía de mis notas y de las becas que de ellas pudieran derivarse) pero felices. Mi esfuerzo era valorado como el de los demás y mis notas (obtuve uno de los mejores expedientes académicos de aquella universidad) me hacían reconocerme en una mujer inteligente. Cuando terminé mis estudios en la Universidad creí que el mundo entero se rendiría a mis pies. Que equivocada estaba. Ser mujer me cerró muchísimas puertas. Vi en muchas ocasiones como personas (hombres siempre) menos capacitados que yo, obtenían los puestos de trabajo a los que yo aspiraba. Tras mucha lucha conseguí un empleo, mediocre pero suficiente. Allí conocí a quien luego se convirtió en mi marido. Aún hoy en día ignoro porque me casé. Era una persona mediocre, burda, sin inquietudes, alguien muy parecido a todos aquellos que había dejado atrás cuando me fui a estudiar. Finalmente, el año en que yo cumplía los cuarenta y cinco, una placa de hielo en la carretera me dejó viuda y libre para intentar rehacer mi vida. Decidí empezar de nuevo, cambié mi domicilio y mi coche. Quise apartar de mi lado todo lo que me recordaba el pasado. También cambié de empleo. Abandoné la aburrida constructora y me zambullí de cabeza en el mundo editorial. Los libros siempre habían sido para mi una especie de refugio y ahora podía vivir mi pasión desde dentro.

Allí fue donde te encontré. Bueno, no exactamente a ti si no a tu obra. En la estantería derecha del despacho que ocupaba, la estantería de las escritoras, estaba tu primer poemario, ajado, amarillo, con algunas hojas ya sueltas. Estaba claro que los anteriores ocupantes de aquel despacho habían encontrado algo interesante en él. Era eso que se llama un libro vivo. Eso influyó para que decidiera leerlo. Fue un choque para mí. El amor era aquello. Cada verso, cada estrofa, mostraba un sentimiento puro y de adoración que yo no había conocido nunca. Tuve envidia del destinatario de aquellas palabras. Tras ese primer hallazgo me dediqué a buscar toda tu obra. No quedó biblioteca, librería ni puesto del rastro en el que yo no buscara con avidez tus palabras. Era una obsesión. Como dicen los cursis, me había enamorado del amor. Empecé a sentirte. El que, como una especie de Salinger en mujer, no tuvieras una vida pública aparte de tus libros, hizo que en mi cabeza te convirtieras en un modelo al que sólo se le colgaban virtudes. Me enamoré de ti sin conocerte. Para mí tú eras tu obra.

Aún recuerdo cuando el editor jefe me llamó a su despacho y me dijo que íbamos a editar tu última obra y que vendrías a nuestra ciudad a presentarla. Además yo sería tu cicerone durante los días que permanecieras aquí. No sólo iba a conocer, por fin, a la persona que había trasladado a papel unos sentimientos que, si bien yo nunca había sentido por nadie, eran mi anhelo, además iba a compartir mi vida con esa persona durante algunos días. Alegría, ansiedad, temor a lo que podría encontrar. En mi cabeza se agolparon de repente una multitud de sensaciones en muchos casos contradictorias. En mi tiempo libre leí, releí, casi memoricé toda tu obra esperando el deseado día. Y éste llegó por fin.

Llegabas en el primer avión de la mañana así que tuve que madrugar para ir a recogerte. Estaba muy nerviosa. Me maquillé y me vestí cuidando al máximo cada detalle. Hacía mucho que no cuidaba mi aspecto con tanto esmero. Mereció la pena. Cuando terminé y me miré al espejo no tuve mas remedio que reconocer que estaba guapa. El traje ejecutivo me sentaba bien. A mi edad todavía mantenía un buen tipo, la proporción pecho-cintura-cadera era mucho mas que correcta. El no haber sido madre había ayudado. Mis piernas estaban bien torneadas (a los hombres siempre les habían gustado mis piernas) y el tacón de los zapatos lo resaltaba aún más. Mientras paseaba por la terminal del aeropuerto sentí como muchos hombres se giraban para mirarme. Sí, realmente estaba guapa. Al fin anunciaron la llegada de tu vuelo. Me fui corriendo a la salida con el cartelito que ponía tu nombre. Las puertas se abrieron y gente de todo tipo y raza comenzó a desfilar ante mí. En ese momento tuve una visión. Una mujer con un maravilloso vestido de Ungaro y unos manolos acariciando sus pies se me quedó mirando. Tenía unos 45 años, una media melena morena rizada que enmarcaba unos preciosos y dulces ojos azules. Tenías que ser tu, no podía ser de otra forma. Sólo alguien con tu belleza, tu elegancia, tu prestancia podía escribir sobre el amor como tú lo hacías. Te acercaste a mí mientras mi corazón se aceleraba.

¿Eres el servicio que me manda la editorial? - me preguntaste con una mueca de desprecio.

Sí, soy Carmen y seré su guía por nuestra ciudad durante estos días.

Valiente guía – fue tu agrio comentario.

No, no eras lo que esperaba. Tus aires de superioridad, tu actitud de desprecio hacia mí. Me parecía volver a mi vida anterior, esa vida a la que creía haber dejado muy atrás.

En el trayecto hasta el hotel no perdiste ni una sola ocasión de criticarme, no te gustaba mi forma de conducir, no te gustaba mi coche. Llegaste a preguntarme si era tonta cuando tardé en responder a una de tus preguntas. Tenía ganas de llorar. Llegamos al hotel y subimos a la Suite que teníamos reservada para ti. Allí todo continuó igual. No te gustaba el hotel (el mejor de la ciudad), no te gustaban las vistas, el colchón era duro o era blando, que más da. Todo estaba mal y era a mí a quien culpabas de todo. Seguiste menospreciándome, llamándome tonta, incompetente, imbécil. Hasta que mi presencia interrumpió accidentalmente tu paso hacia el balcón. Me empujaste para apartarme mientras me mirabas con todo el desprecio con el que un ser humano puede ser capaz de mirar a otro.

En mi cabeza algo hizo crack, algo se rompió. Sentí una descarga de electricidad que recorrió todo mi cuerpo. Las humillaciones sufridas durante toda mi vida habían ido acumulándose en algún tipo de pantano en mi cerebro. Y como ocurre con los pantanos que diseña el hombre, no son para siempre y cuando la presión que deben de soportar excede sus límites, revientan liberando su contenido con toda la violencia posible. Eso es lo que sucedió, el pantano de mi cerebro no soportó mas la presión y se hizo añicos liberando toda la violencia acumulada.

¿Pero quien te has creído que eres estúpida zorra? – te grité mientras me abalanzaba sobre ti y empezaba a abofetearte.

No veía nada, una especie de niebla roja se había colocado sobre mis ojos y tu no eras mas que una mancha detrás de ella. Una mancha a la que yo golpeaba con toda la furia de la que era capaz mientras insultaba. Empezaste a retroceder asustada, sorprendida, mientras yo seguía golpeándote. Diste un tropezón y caíste a mis pies. En ese momento dejé de pegarte y te miré mientras la vista comenzaba a aclararse. En la primera fracción de segundo que pude pensar con claridad me di cuenta de que iba a tener problemas y el miedo empezó a invadirme. Tu estabas en el suelo, encogida y me mirabas. Sin embargo no me mirabas con odio ni con ira. Tenías una mirada como la que tienen los perros cuando su amo los golpea sin motivo, esa mirada que aunque sabe que el castigo que recibe es injusto, es su amo quien se lo da y ha de soportarlo sin protesta ni rebeldía. Así era como tu me mirabas.

Estaba confundida, completamente confundida. Necesitaba tiempo para pensar. No lo pensé más. Tomé el cinturón del albornoz que había sobre la cama. Hice un lazo, pasé tus manos por él y apreté. Te sujeté del pelo y te obligué a echarte sobre la cama mientras fijaba el otro extremo de la improvisada atadura al aplique que había sobre el cabecero de la cama. Te miré. Estabas preciosa. Me resultó extraño, había algo excitante en aquello. Tu no habías dicho nada. Te limitabas a mirarme y tus ojos me decían que aceptabas la situación. Necesitaba pensar. Abrí tu maleta buscando algo con lo que amordazarte. No sé el porqué, pero tomé una de tus braguitas y te la metí en la boca mientras utilizaba una de tus pashminas para taparte la boca. Una vez que me aseguré que no podrías escapar ni gritar, me senté. Necesitaba pensar. Todo había pasado muy deprisa, demasiado. Te merecías lo que te había pasado, pero ahora debía de pensar en mí, en todo lo que implicaba aquella agresión. Debería de estar asustada. Sin embargo no lo estaba. Al contrario, te miraba y había algo morboso en la situación que me atraía. Me dediqué a observarte. Mi primera impresión parecía correcta. Había algo en tu mirada que me decía que aceptabas aquello, que no me reprochabas nada, incluso algo me decía que te gustaba lo que te estaba pasando. Me levanté, tomé otra de tus pashminas (tenías cinco en tu maleta mientras mi sueldo nunca me había permitido el lujo de una) y me acerqué a ti. En ese momento vi miedo en tus ojos. Me gustó. Vendé tus ojos y volví a mi asiento a observarte. Tras el momento de incertidumbre que pasaste, tu respiración se hizo de nuevo más lenta y profunda. Te estabas relajando. Perdí la noción del tiempo mirándote. Tu pecho subiendo y bajando acompasadamente ejerció sobre mi un poder hipnótico. Me tranquilicé. En ese momento no me importaba lo que pudiera pasar. Debieron de pasar un par de horas, dos horas en las que el único sonido de la habitación era tu respiración. No podía negarlo, todo aquello me gustaba. Tras analizar la situación comencé a analizarte a ti, a tu cuerpo. Yo era heterosexual pero había algo en ti que me atraía poderosamente, no sabía el que. No lo podía negar, tenías un cuerpo fantástico para edad que ponía tu pasaporte, curvas marcadas pero no exageradas, piernas bien torneadas, un pecho perfectamente proporcionado y una piel, ¡ah!, la piel, ligeramente bronceada, muy atrayente. Me senté sobre la cama, a tu lado, y mi mano se posó sobre tu cuello. La piel era suave, muy suave. Mis dedos empezaron a recorrerla sin prisa, queriendo aprender cada pliegue, cada poro. Tu respiración se hizo más agitada. Acerqué mi cara a la curva de tu cuello y me empapé de tu olor, de un olor que no conocía, de un olor que me embriagaba. Mis labios se posaron en él. En ese momento un suspiro apagado por la mordaza surgió de tu pecho. Tu cuerpo me atraía, despertaba en mí un deseo desconocido. Desabroché tu vestido y lo abrí. Ante mi se mostró tu cuerpo por primera vez, sólo tapado por un pequeño sujetador sin tirantes y unas braguitas a juego que estilizaban tus piernas. Estabas preciosa. Hubo algo que me llamó la atención y fue una mancha de humedad en tus bragas. Todo aquello había hecho que te mojaras.

¡Maldita puta! Toda tu soberbia y prepotencia se te está yendo por tu entrepierna. Está claro lo que necesitas. No te preocupes putita, yo te lo daré – te dije mientras una carcajada se escapaba de mi pecho.

Me fui al baño. Aquel hotel estaba muy bien equipado. No me engañaba. Encima del lavabo había todo lo necesario para el aseo. Y allí estaba. Una brocha, jabón y una navaja de afeitar de un solo uso.

Volví a la habitación. Te quité la venda, quería que me vieras. Yo también quería estar cómoda así que me quité la chaqueta y la camisa. Me miré al espejo. La imagen que me devolvió me recordaba a la de las duras ejecutivas que aparecen en las películas porno. Me gustó. Volví a tu lado y abrí la navaja. Tus ojos querían salirse de sus órbitas. No sé que ideas pasaban por tu cabeza pero el terror se apoderó de ti. Empezaste a agitarte intentando soltar tus ataduras. Me excitó la situación. Salté sobre la cama y me senté en tu vientre. Te di una fuerte bofetada.

Deja de moverte o esto podría hacerte daño – dije mientras ponía ante tus ojos la navaja.

Comencé a deslizar la navaja muy suavemente sobre tu piel. Ésta reaccionó. Tu respiración se volvió mas agitada cuando sintió el contacto por el cuello. Fui bajando muy despacio. Tu pecho subía y bajaba aceleradamente. Cuando llegué a tu sujetador deslicé la hoja por debajo entre tus pechos. Un fuerte tirón y tus pechos fueron liberados. De nuevo me sorprendiste. Tus pezones estaban erguidos y duros. La hoja los circunvaló mientras se ponían mas duros aún. No pude resistir la tentación y mis labios se posaron sobre ellos, mi lengua los humedeció y te oí gemir. Pero aquel gemido no era de temor, era algo mas profundo. Continué mi descenso hacia tu sexo. Tus bragas siguieron la misma suerte que el sujetador. Estabas mojada, muy mojada y yo acerqué mi cara para llenarme del olor de tu sexo. Te moviste mientras mis manos acariciaban tu vello. No me dejabas otra opción. Busqué en tu maleta y conseguí pañuelos y cinturones que podían usarse de ligaduras. Inmovilicé tus piernas a las esquinas de la cama. En esa postura tu sexo se me ofrecía sin remilgos. Humedecí el jabón y unté bien la brocha. En poco tiempo tu pelo estaba cubierto de una deslizante capa blanca. Notaste el contacto de la hoja fría y de mis dedos estirando tu piel. La hoja se deslizaba suavemente por encima de tu pubis. No había dolor, era mas bien una extraña caricia y la tensión de que se me fuera la mano. Tuviste un escalofrío helado cuando la hoja se posó cerca de tus labios. Un poco mas y terminé Cogí una toalla, la mojé y limpié. Yo estaba absorta mirando tu sexo. Tomé un poco de crema hidratante y la deposité. Comencé a distribuirla arriba y abajo uniformemente sobre la piel resbaladiza, lisa, desnuda, caliente. Me resistía abandonar. La tentación era fuerte y dejé que mis dedos resbalaran hacia adentro, una, dos veces. Me rendí a la sensualidad de tu cuerpo. Era una sensación extraña y desconocida para mí. Nunca había probado el cuerpo de una mujer. Nunca había probado el sabor de un cuerpo entregado. Nunca había probado el sabor de ser quien dirige, quien marca la pauta, de quien antepone su sexualidad a cualquier otro deseo. Mi lengua recorrió tu geografía, desde el cuello hasta su vientre dejando un húmedo itinerario sobre tu piel. Mi lengua exploraba tu cuerpo, erizando cada poro de tu piel, hasta llegar al centro de tu placer que palpitaba y esperaba húmedo, fragante. Mis dedos lo recorrieron de arriba abajo, explorándolo, mientras mis labios buscaban apagar su sed con tu néctar. Estaba muy excitada, ebria de deseo, de un deseo tenebroso, oscuro, pecaminoso, fascinante, nuevo. Tu entrega era absoluta. Unas horas antes eras libre y poderosa. Yo te arrebaté parte de tu libertad. En ese momento te habías abandonado, me estabas entregando todo rastro de tu libertad mientras yo descubría secretos de tu cuerpo que no te habías imaginado. Tu cuerpo se agitó y descargó toda la tensión acumulada en mi boca, una tensión que yo bebí. Hubieras aprisionado mi cabeza con tus muslos para que no te abandonara, pero las ataduras te lo impidieron y mi boca pudo buscar tu sabor libremente. Te miré. Tus ojos transmitían una mezcla de deseos, suplicaban para que no te abandonara, me decían que te tomara, que eras mía sin condiciones, también mostraban temor, pero creo que el temor ya no era hacia mí, era temor de ti misma, temor por lo que estabas dispuesta a hacer.

El tiempo había pasado muy rápido. Eran las cuatro de la tarde y aún no había comido. Tenía hambre. El torbellino de sensaciones que había recorrido mi mente aquella mañana no había sustituido mis necesidades físicas. Así que me arreglé y compuse mi vestimenta.

Bien zorrita, tengo hambre. Tu te vas a quedar aquí, esperándome, deseándome.

Volví a vendarle los ojos, tu indefensión así era mas acusada, y me fui.

En mi camino hacia casa había una sex-shop. Nunca había prestado atención. Sus escaparates completamente negros habían tapado también mi interés por lo que pudieran ocultar. Pero aquel día, al pasar frente a su puerta algo había cambiado. Sus escaparates negros escondían un mundo desconocido, un mundo que ahora sí quería descubrir. No lo dudé y entré. Al principio la escasa luz y los neones que marcaban las distintas secciones me aturdieron un poco, pero en poco tiempo me acostumbré. En la sección de juguetes tomé diferentes consoladores y me hice con un arnés, me dirigí a la sección de sado y adquirí todo tipo de pinzas, fustas, collares, correas y esposas. Finalmente me fui a la a sección de ropa. Allí elegí una falda de cuero, un corsé, unas botas que llegaban hasta mi rodilla y unos zapatos con un tacón imposible. El precio no importaba en aquel momento.

Con todo el equipamiento me dirigí a casa. Estaba muy excitada y apenas pude comer. Metí la comida sobrante en un tupper pensando en que tu también debías comer. Estudié con calma mis adquisiciones y, como no, probé la ropa. El tacto del cuero era fantástico. Busqué en mi cajón unas medias negras que hicieran juego con todo aquello. El resultado era impresionante. La imagen dura y sexual que devolvió mi espejo me excitó aún más. Tenía prisa. Guardé todo el material en una bolsa y me dirigí de nuevo al hotel. Por el camino me asaltó un temor. ¿Y si te hubieras soltado y me hubieras denunciado? En ese momento tuve miedo. De todas formas algo me atraía hacia ti. Decidí entrar en el hotel por el garaje para evitar miradas indiscretas. Los pasillos estaban tranquilos. Me acerqué a la puerta de la habitación y escuché. No se oía nada. Decidí correr el riesgo, el morbo era superior a mi miedo. Abrí la puerta con lentitud y entré. Todo estaba tranquilo. Te observé. Estabas espléndida. Lo acompasado de tu respiración me decía que estabas tranquila. Eso me tranquilizó también a mí.

Hola zorrita, ya estoy de vuelta, ¿me has echado de menos?

La agitación de tu pecho me gustó, volvías a estar alerta.

Me tomé mi tiempo para vestirme. Quería impresionarte cuando quitara la venda de tus ojos. Ajusté bien el corsé, las medias, las botas y la falda. Estaba guapa, sí señora, mi ego me decía que lo estaba. Tomé una de las fustas y un collar de perro y fui hacia ti. Me senté a tu lado.

Muy bien puta, ha llegado la hora de dejar claras las cosas. A ti te gusta mandar, ponerte por encima de los demás, ¿cierto?

Afirmaste con un movimiento de cabeza.

Bien. Pues eso no me incluye. Esta mañana lo has intentado pero sé que has descubierto que conmigo es mejor ponerte al otro lado. Esta mañana has descubierto que te gusta estar al otro lado, ¿es así?

Volviste a afirmar.

Vas a ser mi sumisa, te vas a entregar a mí, dejarás tu mundo y entrarás en el mío, en un mundo en el que yo seré el centro. Tu entrega será total e incondicional. Aceptarás mis recompensas o mis castigos ya sean justos o caprichosos. Cuando tengas dudas yo seré tu guía y obedecerás sin dudarlo.

Quité tu mordaza y te desaté. Quedaste inmóvil sin saber muy bien que hacer. Te arrojé unas medias y los zapatos que había comprado.

Ese será tu uniforme cuando estés conmigo. Dúchate, perfúmate y vuelve a mí. Tienes cinco minutos.

Saliste corriendo hacia el baño sin decir nada. Oí como corría el agua. Mientras tanto puse dos recipientes en el suelo con la comida y un poco de agua y esperé. Antes de que hubieran transcurrido los cinco minutos te vi aparecer. Estabas maravillosa, tu cuerpo era joven y bien proporcionado, los tacones y las medias te daban un aire a la vez sexy y vulgar, pero de una vulgaridad morbosa, el pelo aún húmedo te lo habías recogido en una coleta. Te quedaste a la puerta del baño sin saber que hacer con la mirada hacia el suelo. Me levanté y fui hacia ti, levanté tu barbilla con la fusta y te besé. En aquel beso había algo que nunca había sentido antes. Creo que fue el primer beso de amor que conocí, de amor entregado y de amor recibido. Nos habíamos conocido pocas horas antes pero habíamos descubierto ya que éramos dos partes del mismo elemento, dos partes que necesitaban la una de la otra para su existencia. Ambas lo comprendimos en aquel momento, con aquel beso. Coloqué el collar alrededor de tu cuello y sujeté a él la correa. Te llevé hacia los recipientes con la comida. Un pequeño tirón y te arrodillaste. Sabías lo que quería. Te pusiste a cuatro patas y comenzaste a comer y a beber como un perro. Me senté para observarte. Sentí vértigo, miedo de mi misma. Era dueña y señora de un ser humano. Sabía que a partir de aquel momento me pertenecías, eras un instrumento de mi voluntad. No podía apartar mis ojos de tu cuerpo. Terminaste tu almuerzo y me miraste satisfecha.

Bien perrita, agradece a tu Ama el almuerzo que te ha proporcionado.

Te acercaste gateando y te tumbaste a mis pies. Tu lengua comenzó a pasearse por el cuero de mis botas, lamiste cada centímetro hasta meterte el tacón y chuparlo como si fuera una polla a punto de reventar. Subiste por mis piernas, mis caderas y tomaste posesión de mis pechos. A esas alturas mis pezones ya estaban duros pero agradecieron tus caricias.

No podía creer las sensaciones que me producían tus besos en mis tetas. Deseé que aquello no terminase nunca. Tu lengua enloquecida rodeaba cada pezón alternativamente. Eras toda sensualidad y me extasiaba despertar tu pasión. Era la primera vez que una mujer se desesperaba por comer mis pechos. Tu imagen tratando de meterte cada seno en la boca me excitaba. Chupabas cada seno con desesperación, tratando de devorar esa redondez, tu lengua no se detenía, recorría cada teta con pasión desenfrenada. Te arrodillaste entre mis piernas acariciándolas con devoción. Me recosté un poco en el sofá y las abrí aún más. Acariciaste mis muslos abiertos. Cuando te acercaste a mi sexo creí desfallecer. Posaste una mano en él pudiste sentir la humedad y el exquisito olor. Tus ojos se posaron hipnotizados en cueva rosada, abierta y jugosa. Tu lengua afloró como un animal al que no pudieras controlar, se enterró en mi coño y empezó a moverse como una serpiente. Besaste, chupaste, lamiste como la perra en que te habías convertido. Metías la lengua y hundías tu rostro en aquellos labios abiertos que parecían retenerte con algún hechizo. Olías y succionabas con avidez, como si quisieras comerme, como si quisieras a apropiarte de mi alma a través de mi sexo. Tu lengua no se detenía, entraba y salía, subía y bajaba. Mis manos se habían apoderado de mis pechos y los apretaban, los acariciaban, duros, ansiosos.. Sujeté tu cabeza con violencia, enterrándola lo mas profundamente que pude. Tu saliva y mis jugos formaban una pátina que brillaba sobre la piel. No quería que pararas y no era necesario decírtelo. Tu lengua era incansable. Mi cuerpo empezó a moverse sin control, agitado por descargas desconocidas, corrientes que nacían en mi vulva y se desparramaban por todo mi cuerpo haciendo que mis músculos se agitaran sin control. Me estremecí, gemí, grité. Mi cerebro estalló, mi cuerpo se abandonó y un sonido animal y salvaje, nacido en lo más profundo de mis entrañas, afloró en mi garganta en el momento en el que el orgasmo me alcanzó. En el mundo sólo existía mi cuerpo, mi mente estaba concentrada en sentir cada poro de mi piel, cada espasmo. Aquel momento me pareció eterno, hubiera querido que lo fuera. Entre mis piernas estabas tu, mirándome embelesada, húmeda, llena de mis jugos, oliendo a ellos.

Acaricié tu pelo, tu espalda, bajé por tus nalgas. Rocé tu sexo y lo sentí húmedo. Me entretuve en él mientras respondías con gemidos mimosos a mis caricias. Introduje un dedo en tu culo. Tu reacción fue cerrar el esfínter.

No hagas eso, ¡zorra!. Me perteneces, cada agujero de tu cuerpo me pertenece.

Tomé la fusta y la abatí con fuerza sobre tu espalda. La fusta cayó una y otra vez sobre tu culo. La piel comenzó a enrojecer mientras tu admitías el castigo sin quejas.

Tu culo me pertenece y voy a tomar posesión de él.

Tu no querías, tenías muy claro que no querías, pero no podías decirme que no. Me mirabas con ojos suplicantes intentando despertar mi compasión, pero está me había abandonado. Mis manos recorrieron tus caderas. Levanté la mirada y me tropecé con tu súplica de nuevo. No te sirvió de nada. Te ordené girarte y lo hiciste. Coloqué una mordaza en tu boca, no quería oír tus quejas. Coloqué dos pinzas en tus pezones y las uní con una cadena por detrás de tu cuello. Si intentabas erguir la cabeza la tensión en tus pezones sería muy dolorosa. Me coloqué un arnés. Aquel arnés poseía dos pollas. Una penetraba mi coño y la otra, tal vez demasiado grande para lo que iba a ser usada, estaba dispuesta para ti. Esparcí un pegote de frío lubricante sobre tu culo. Cuando notaste que mis dedos tomaban posesión de tus entrañas las lágrimas empezaron a correr por tus mejillas.

Es inútil que llores, no te va a servir de nada, pórtate bien o será peor.

Mi mano derecha se cerró sobre la polla de plástico y presioné sobre tu orificio frágil y diminuto. El dolor te paralizó por completo. Empujé lentamente mientras mi apéndice plástico se abría camino en tu culo. Intentaste gritar pero la mordaza te lo impedía. Luego el llanto ahogó tus gemidos y sólo unos sollozos débiles y entrecortados salían de tu garganta. Esto te humillaba mas, no poder gritar acentuaba tu debilidad, tu impotencia frente a mí y a mis deseos. La polla quedó enterrada en tus entrañas. Era grande pero la habías recibido entera. Tu culo se había dilatado para acoger aquella prolongación de mi deseo. Comencé un mete y saca cuyo ritmo marcaba la pequeña polla que me follaba a mí. Gemías. Yo no sabía que parte de placer y que parte de dolor había en tus gemidos, pero tampoco me importaba, solo importaba yo. Yo jadeaba contra tu nuca dejándome vencer por un placer insultante, usándote como antes otros me habían usado, obteniendo de ti algo que a ti te estaba vedado. Mis embestidas se hacían cada vez mas violentas y esto intensificaba tu dolor. Mis manos se aferraron a tu coleta obligándote a levantar la cabeza. Aquello hacía que tus pezones se tensaran proporcionándote un dolor, un placer desconocido. En ese momento yo sentía lo que un hombre siente, sentía el control que podía ejercer al ser yo la que invadía tu cuerpo llenándote y esto me hacía penetrarte con mas fuerza. Aquel gran falo de plástico se deslizaba por tu culo cada vez con mayor facilidad. Cuando lo sacaba observaba como tus músculos se cerraban intentando evitarlo, intentando retenerlo en tu interior. La sensación de poder me llevó al orgasmo. Fue un orgasmo que nació en mi cabeza y recorrió mi cuerpo para llegar a mi sexo, fue un orgasmo liberador. Caí inmóvil sobre tu espalda pero aún dentro de ti. Tu no podías sentir nada, sólo llorabas en silencio. Notaste como empezaba a abandonarte pero como tus músculos se negaban a cerrarse. Me dejé caer a tu lado. Seque tus lágrimas con mis labios y luego besé los tuyos. Me devolviste el beso. Mi boca recorrió tu barbilla, tu cuello, se cerró sobre tus pezones que respondieron a su contacto. Mi lengua prosiguió hacia abajo atravesando tu vientre. Llegué a tu sexo. Estaba húmedo. Pese a todo estaba húmedo. Comencé a recoger toda aquella humedad con mi lengua, recorriendo el interior de tus labios de arriba abajo, concentrándome en la pequeña porción de carne en la que se concentraba todo tu cuerpo, presionándola, acariciándola, frotando mi lengua dura contra ella, notando como engordaba. Mis labios atraparon tu clítoris palpitante, chupé, sorbí, lamí y tu empezaste a empujar tu cuerpo hacia mí, ofreciéndote. Introduje dos dedos en tu sexo y deslicé otros dos a lo largo del canal que habías intentado negarme pero que ya era mío. El recuerdo de la violencia y del dolor hizo irresistible tu placer, desencadenando un final exquisito que recogí con mi boca hasta que cesaron tus sacudidas.

Observé tu cara. En ella te descubrí. Tenías miedo, sentías dolor, placer, también alivio. Tu habías llevado durante años un secreto, un secreto que nunca habías revelado a nadie, un secreto que, sin embargo, desesperadamente habías intentado contar, un secreto que, en realidad, habías contado. Tu actitud hacia los demás, tu desprecio hacia ellos, no era mas que el castigo por no saber entender todo lo que tu les contabas, lo que tu les pedías, lo que tu les suplicabas. Llevabas una vida intentando hacer ver a los demás tus deseos, tus necesidades. Yo te había entendido, yo te acababa de liberar de ese peso. Tu sumisión se había convertido en una confesión de tu culpa, en una liberación. Yo también había liberado mis fantasmas, había comprendido. Al final había entendido la actitud de todos aquellos que habían dirigido mi vida antes. Había entendido el placer que hay detrás del poder, eso sí, un poder que sobre mí sólo habían ejercido de forma infantil, instintiva, con torpeza, sin saber entender lo que hay detrás. Pero yo sí, yo sí lo había comprendido. El camino había sido duro y largo. Pero ahora, dos años después de nuestro encuentro, cuando te veo a mis pies, cuando me sé tocada por el dedo de la diosa Fortuna, cuando sé que ha sido ella la que ha hecho que nuestros caminos se crucen, ahora sé lo que es al amor.

viernes, 26 de febrero de 2010

Obedezco, así soy feliz (y III)

Observarte en silencio me provoca sensaciones indescriptibles. Eres tan fuerte pero tan vulnerable en el sueño. Mirarte me emociona. Eres hermoso, piel brillante, perfecta, lisa en la espalda, marcando tus músculos delante, suave, sensual. Tus labios, poderosos, insinuantes, poseen una seductora belleza inocente. Inocente, debe ser porque estás dormido. Sí, ha de ser eso. El sol de la mañana se recrea en tu cuerpo acariciándolo sin pudor. Celos. Siento celos de las caricias del sol sobre tu cuerpo. El color de tu piel destaca sobre las pálidas sábanas. No hay nada más que tu en el mundo. Nada importa. Pero toda esta paz dejará de existir cuando te despiertes. Todo será diferente. Te pertenezco y tu sabes como alimentar este sentimiento.

La noche ha pasado y en ella me has amado. Es la primera vez que me has hecho el amor de esta forma. No sé si ha sido un premio para mostrarme tu satisfacción por mi comportamiento tras compartirme por primera vez. Tal vez sea una recompensa adelantada por algo que me vas a exigir. No me importa el motivo. He pasado la noche empapada de ti. Tu cuerpo desnudo fue mío, completamente, por primera vez en todo este tiempo. ¿Fue mío?. No. Yo fui tuya. Tu me dejaste saborearte sólo como parte de un juego. Me aferré a tu cuerpo como si fuera el único madero que pudiera salvarme del naufragio. Mis labios bebieron de los tuyos, se apoderaron de tu cuello, saborearon el gusto de tu piel, adoraron tu pecho, tu vientre. Tu me lo ofrecías y yo lo tomaba. No sé cuando me desnudaste. Sólo sentí que la tibieza de tu aliento me cubría. Palmo a palmo nos invadimos con apasionados besos. Tu saliva se transformo en una segunda piel. Palpitaciones, sacudidas, gemidos, tu cuerpo sobre el mío, dentro del mío, pugnando por entrar hasta donde sólo los sueños llegan, sintiéndome atravesada por ti en cada envite. Te amo, te deseo, no lo niego. Volveré a caer en tus redes otra noche, y otra más. Y sé que me hundo cada vez más en ti.

Te has despertado y me sonríes, tus labios se apropian de los míos. Aún me pareces el de anoche.

- Hoy te espera una dura prueba Carmen

Son tus primeras palabras. El hechizo se desvanece. Vuelves a ser mi Amo y yo tu esclava.

Llega un momento en que las esclavas debemos ser sometidas en público, ensanchando así los limites de la relación Amo-esclava y poniendo a prueba nuestro nivel de sumisión. Es la verdadera prueba de fuego. La primera vez me entregaste a Claudia e Inés y lo superé con éxito. Ya puedes estar completamente seguro de que realmente eres el dueño absoluto de mi voluntad y de que tus habilidades como Amo te van a permitir alcanzar cualquier meta de placer que te propongas obtener de mí.

- Hoy tengo una reunión de trabajo con un grupo de clientes. Tu serás parte del precio que he de pagar – me dices.

Me limito a asentir, cabizbaja, todo esto cabe dentro del pacto que nos une. Éste es el mayor reto que me has impuesto hasta ahora, pero tu sabes bien que puedes estar seguro de que no te defraudaré, Amo. Mi mayor deseo no es otro que descubrir contigo todos los secretos y los placeres ocultos y por lo tanto me tienes a tu entera disposición. Me humillas, me azotas y me castigas y a pesar de todo encuentro un morboso placer en todo ello. Estoy en tus manos. Tú tienes la llave de mi placer, así que si tu me lo ordenas prometo adorar y dar placer a quien tú me pidas como si fueses Tú. Es eso lo que esperas de mí, ¿verdad?

Me pides que me vista. Que ironía. Unas medias negras, un liguero a juego, sin bragas con lo que mi sexo y mi culo están desnudos y remarcados por la lencería, y una especie de combinación de malla que transparenta todo: tetas, nalgas y sexo. Unas botas de tacón altísimo completan el equipo. Tengo 48 años, pero vestida así me encuentro deseable.

Suena el timbre. Los invitados llegan.

Bajas a recibirlos. Yo me quedo en la habitación maquillándome. Mis labios han de lucir muy rojos. Es el color que te gusta.

Me llamas. Bajo al salón que has acomodado como sala de reuniones. Es la sala en la que me entregaste por primera vez. Sigue completamente equipada. Sólo has añadido una gran mesa en uno de los rincones. Hay cuatro hombres sentados alrededor de la mesa. Tu me esperas de pie. Sé lo que debo hacer. Avanzo hacia ti y me arrodillo a tu lado. Mi cabeza mira al suelo. No veo lo que ocurre pero oigo claramente los murmullos de tus invitados. En esta posición me ajustas fuertemente el collar a mi cuello. Es una sensación que no sé traducir en palabras. Cuando me impones el collar algo cambia en mi y me siento mucho más esclava, mucho más sumisa. Es como si el collar me liberase de mi misma, siento placer, lo deseo. Deseo sentir tus poderosas manos, darte todo lo que sé que te gusta sin reservarme nada, absolutamente nada, para mí. Esto es exactamente lo que sale de mis entrañas cuando noto la firme presión del collar alrededor del cuello.

Cierro los ojos, levanto la cabeza humedezco sensualmente los labios, tal como me has enseñado. Sin que me lo ordenes me agacho sobre tus impolutos zapatos para besarlos y disfrutar de la fabulosa sensualidad del cuero. Me siento afortunada cuando me permites gozar de ella.

Me encuentro apetitosa. Los murmullos indican que tus invitados también lo creen así.

- Eres libre de aceptar la entrega, pero si aceptas no podrás negarte a nada. ¿Aceptas? – me dices.

- Acepto - contesto asustada y excitada a la vez.

Sujetas una correa a mi collar, me haces ponerme en pie y tiras de mí acercándome a tus invitados.

- Señores – dices – la negociación será larga, habrá momentos en los que nos sintamos fatigados. Mi perra permanecerá en todo momento arrodillada en esta sala a su disposición. Cuando cualquiera de ustedes necesite relajarse podrá utilizarla a su antojo. Pueden hacer con ella lo que deseen, pero siempre dentro de esta sala. Si alguno de ustedes tiene cualquier tipo de queja de su comportamiento habrá de decírmelo y será castigada.

Me siento vulnerable, estoy aquí por ti, intentando hacer algo que pocos se atreven, atreviéndome a superar mis temores, intentando superar el miedo a la vergüenza y temiendo también no ser encontrada atractiva.

La duda se disipa pronto. El hombre más cercano a mí sonríe. Se acomoda en su butaca. Un tirón de la correa y me encuentro arrodillada entre sus piernas. Cuando levanto la cabeza tiene la polla fuera, entre sus manos. Tampoco es necesario que me lo ordene. Simplemente abro la boca y me preparo para recibirla. Se la atrapo con los labios y, una vez dentro, rodeo el capullo con la lengua y succiono. En pocos segundos su polla crece dentro de mí, dura. Entonces empieza a menearse lentamente adelante y atrás y yo trato de acompasarme a su ritmo para que me folle la boca a su gusto. Aprieto fuerte los labios y me concentro para acompañar todo el recorrido de la polla por el interior de mi boca hasta la garganta. El ritmo se hace más intenso. La polla golpea con fuerza, empuja hacia mi garganta que responde aceptándola y haciéndola llegar hasta lo mas profundo. En la sala hay silencio, un silencio que sólo es roto por el sonido de su aliento y por el de mi boca mientras succiona su miembro. Pronto se va a correr. Su cuerpo se tensa, mi boca rodea con fuerza el pene y él emite un sonido ahogado mientras un orgasmo recorre su cuerpo en olas que suben y bajan vaciándose en mi boca. Trago. Mi garganta se convulsiona para tragar cada oleada de semen que se deposita en su interior. Poco a poco se va relajando mientras yo lamo lentamente el glande, chupando el semen que aún queda en el miembro que lentamente se reblandece en mi boca hasta que se desliza fuera dejando una huella húmeda en mi mejilla. El hombre me toma de la barbilla y deposita un beso en mis labios. No puedo sonreír pero estoy contenta, orgullosa de haber servido bien a mi Amo. Me levanto y me dirijo a mi sitio. Me arrodillo y espero.

La espera. Ese es uno de los momentos más duros para cualquier esclava. Esperar una orden, una indicación de tus deseos. Querer colmar cualquier deseo tuyo y, sin embargo, esperar, quieta, en silencio.

Es increíble. He deseado tanto este momento, mostrarte mi entrega total y tú ni tan siquiera me miras, para ti sólo existe el trabajo. No ocurre lo mismo con tus invitados, ellos no han parado de mirarme.

Al fin uno de ellos ha decidido usarme. Usarme. Bonita expresión. Describe muy bien lo que va a ocurrir. No vamos a compartir nada, simplemente va a usarme para su placer. Se levanta y camina a mí alrededor, estudiándome. Un tirón del collar y sé que he de ponerme en pie. Posa sus manos en mis nalgas e inmediatamente separo las piernas. Es increíble, lo he deseado tanto tiempo y ahora está ocurriendo, pero tu no me miras, sigues hablando del trabajo. El hombre que se ha situado tras de mí sigue recorriéndome con sus manos. Uno de sus dedos ha rozado mi clítoris arrancándome un suspiro.

Eres una zorra. Has de aprender a controlarte – me dice.

Tras esto toma unas esposas y me las pone. Inmediatamente me arrastra hasta el centro de la habitación. Allí ata una cuerda a las esposas y pasa el otro extremo por una de las anillas que cuelgan del techo.

Me encanta estar atada, a vuestra merced. En estos momentos es cuando más indefensa me siento, pero también cuando más segura estoy de que tu cuidarás de mí.

El hombre tira de la cuerda y me deja colgada de mis brazos balanceándome. Con otra cuerda ata juntos mis pues y los sujeta a otra anilla que sale del suelo. Soy como una cuerda de guitarra que uniera el techo al suelo. Ahora ha cogido una larga fusta. Tiene la cara tensa, los ojos semicerrados, una sonrisa que me aterra.

Os habéis callado. Todos miráis la escena. Tu mirada me da ánimos, sé que estás aquí para ver hasta donde llega mi amor por ti y no puedo decepcionarte.

El hombre se pone a mi espalda. Oigo el silbido del aire cuando agita la fusta. Mi corazón se acelera, pero no digo nada. Siento la fusta zumbar en el aire y caer sobre mis nalgas. Siento un agobiante dolor y un gemido se escapa de mi garganta. A continuación cae otro fustazo, luego otro y otro. Los gemidos de dolor que la fusta me arranca parecen exaltarlo y los golpes se hacen más y más fuertes. Un latigazo rodea mi costado y va a dar directo en mi pecho. Dirige los golpes a mis nalgas y piernas. Mis mejillas se humedecen con lágrimas. A través de la humedad de mis ojos te veo observarme. Por tu gesto sé que estás orgulloso de mí. El hombre se ha detenido y me ha desenganchado de la viga haciéndome caer al suelo. Me ha tomado del pelo y me ha hecho arrodillarme. Me muerde los labios y los pechos. Sus dientes quedan marcados en mi piel. Repentinamente se olvida de mí, me deja y vuelve a la mesa. Estoy tirada en el suelo como un juguete roto al que nadie prestara atención, con los pies y las manos aún atados. El dolor recibido hace que no sea consciente de lo que ocurre a mí alrededor, estoy aturdida. No advierto que los dos hombres que aún no me han tocado han abandonado la mesa y se han acercado a mí. Siento unas manos que me toman, me incorporan un poco y me hacen colocarme de rodillas. Uno de los hombres rodea mi cuello con sus manos y me obliga a pegar mi cara al suelo. El otro se sitúa detrás de mí, corta las ligaduras de mis pies y separa mis piernas. Sus manos se posan en mis nalgas y las acarician mientras su lengua las recorre siguiendo los caminos que la fusta ha dejado marcados en ellas. El dolor se hace más llevadero. Su lengua termina su recorrido sobre mi puerta trasera. Un espasmo me recorre mientras el hombre que me sujeta el cuello se ríe.

A esta puta le gusta, vamos a ver si lo suficiente, rómpele el culo.

Siento como la lengua es sustituida por algo mucho más grande poderoso. La polla comienza a abrirse paso. Es muy gruesa. Los músculos de mi culo se relajan. Siento como se estiran hasta el límite. Nunca he recibido algo tan grueso. Sin embargo estoy bien entrenada, sé que hacer y mi esfínter se abre sobre la polla. Siento entrar cada milímetro, siento como mis entrañas se llenan. Un poco mas y ya está, el pubis del hombre choca con mis nalgas. Estoy completamente llena. No la he visto, sólo la he sentido, pero sé que lo que me ha penetrado no es una polla común. Lo veo en tus ojos. Me miras con admiración descubro también orgullo, orgullo de que tu sierva acoja esa herramienta sin asomo de queja. El hombre que mantiene sujeta mi cabeza sustituye sus manos por su pie. Me pisa en el cuello con fuerza, no puedo moverme. Empiezo a sentir al intruso que ha tomado posesión de mi culo como empieza a moverse, despacio, haciéndome sentir cada músculo, sentir como se relaja o se tensa al paso de la polla.

Creo que el dueño de ésta también se ha sorprendido al ver como es recibida en mi culo, como es acogida, como mi esfínter la rodea y aprisiona queriendo evitar que salga. La ha sacado dejando dentro sólo la cabeza. Los dos hombres que permanecían sentados se han levantado y me han rodeado. Quieren ver de cerca como esa polla imposible es capaz de penetrarme. Uno de ellos comienza a azotar mis nalgas con las palmas de las manos. Cuando se detiene siento que soy atravesada de nuevo. No cierro los ojos, no te gusta que lo haga. Siempre me has dicho que los ojos se cierran para lograr abstraerse y tu no quieres eso, tu quieres que yo sea consciente en todo momento de lo que me está pasando, que sea consciente de cómo soy usada, de cómo quienes me usan son completamente indiferentes a mis sentimientos. Yo no existo, yo soy su juguete, he de ser consciente de que soy su juguete.

La polla empieza a recorrer mis entrañas, entrando y saliendo a un ritmo que se va acelerando poco a poco. Puedo ver como el hombre que sujeta mi cabeza ha sacado también su polla y se masturba mientras observa la escena. Le gusta lo que ve. El ritmo de quien me folla se hace mas y más rápido. Por sus jadeos imagino que no va a aguantar mucho. No pretende satisfacerme si no satisfacerse a él mismo, por lo que no intenta en ningún momento reducir su ritmo. Mi culo está tan dilatado que ya no ofrece ningún tipo de resistencia a sus embestidas. Su pubis golpea violentamente contra mis nalgas mientras sus dedos se aferran a mi grupa. Una última embestida y ya está, siento los espasmos de su polla, un gemido profundo y un líquido caliente invade mis entrañas. Oigo murmullos de excitación. El hombre que me sujeta la cabeza empieza a agitarse espasmódicamente mientras aprieta aún mas su pie sobre mi cuello. Siento una humedad caliente en mi mejilla. También se ha corrido y ha dejado caer todo su semen sobre mi cara. Por fin me suelta. Se ha arrodillado ante mí y me ofrece su polla que comienza a perder dureza. Me la mete en la boca con violencia. Me obliga a tragarla completamente. Me concentro en chuparla, lamerla. El hombre la saca y con ella recoge su corrida dispersa por mi cara y me obliga a limpiarla. Trago con placer. Siempre me ha gustado.

Siempre me has dicho que la mayor ofrenda que una mujer puede hacer a un hombre es comerse su semen. Siempre estoy dispuesta a realizar esta ofrenda por ti. Los hombres se separan un poco de mí y me rodean. Te acercas y me desatas las manos. Todo mi cuerpo me duele, el culo, las muñecas, el cuello, pero sé que no es mas que un paso hacia ti y yo deseo recorrer todo el camino. Me incorporas, me pones de pie y te sitúas tras de mí. Puedo sentir tu poder dándome una nueva vitalidad. Estoy dispuesta a continuar. Colocas una venda en mis ojos. No te veo. Siento que estás conmigo pero no te veo. Verte me da fuerzas en los momentos duros. Ahora me siento confusa, he perdido mi punto de apoyo.

Lo estás haciendo muy bien, sigue así y no me defraudes – me susurras al oído.

Lo estoy haciendo bien. Mi orgullo se dispara. Soy feliz. Tus palabras me han hecho una mujer feliz. Sé que podré afrontarlo todo, ahora lo sé.

Me amarran los tobillos a una barra metálica con las piernas completamente abiertas. Me es imposible tratar de juntar las rodillas. De igual manera, me amarran las muñecas a otra barra que tenía unas cuerdas largas de cada lado, para dar la altura que sea necesaria. Oigo como manipulan las cuerdas de la barra y las pasan a través de las argollas que estaban colocadas en el techo. Las tensan dejándome con los brazos en alto y el cuerpo completamente estirado. En esta posición estoy completamente expuesta e indefensa. ¿Indefensa?. No, indefensa no. Estoy totalmente a merced de los cuatro hombres que me rodean, pero no estoy indefensa. Tu estás aquí, tu me proteges y me das fuerza.

Oigo unos ruidos en el salón y de pronto, sin más, siento un golpe que llega a mi piel. Uno de los hombres ha tomado una fusta y ha comenzado a darme golpes firmes, aunque no con gran violencia, en el interior de mis muslos y en las nalgas. Otro de los hombres ha comenzado a tocarme los pechos y a mordérmelos. Cada vez lo hace con mas fuerza. Siento como sus dientes estiran mis pezones. No lo puedo remediar, me excita y mis pezones se endurecen rápidamente. Al hombre le ha gustado mi reacción. Se ríe. Entonces coloca en ellos unas pinzas que los presionan fuertemente. Empiezo a experimentar nuevamente el dolor y esto me une mas a ti. Silencio. Todo se ha vuelto silencio y nadie me toca. Solo se oye un pequeño rumor. Se como suena un hombre cuando se desnuda. Eso es lo que están haciendo, no lo veo pero lo sé. La barra que sujeta mis brazos se afloja mis manos son liberada y atadas de nuevo a mi espalda. Inmediatamente son subidas. Esto me obliga a inclinarme hacia delante. Siento unas manos que sujetan mi cabeza. Inmediatamente una polla es colocada a la entrada de mi boca. Comienzo a mamarla. Siento una lengua húmeda que toca desde atrás mi vagina.

La lengua recorre mi coño con calma. Cuando llega al final no se detiene y continúa por el perineo hasta llegar a la entrada de mi culo. Repite el recorrido una y otra vez. El placer que la lengua me está provocándome no puede distraerme de mi deber para con la polla que continúa follándome la boca. Ésta se para. Inmediatamente es sustituida por otra y el ciclo vuelve a empezar. Me esfuerzo en realizar un buen trabajo. No puedo usar las manos así que todo queda a expensas de mi habilidad con la lengua. Lamo y succiono deseosa de poder tocar, acariciar. No es posible. Sin embargo lo hago bien, sé que lo hago bien. Los hombres están gozando. Tienen una mujer para su completo placer y quieren aprovecharlo. Yo estoy preparada y dispuesta para dejarme llevar hasta donde ellos quieran. El dolor que me causan las pinzas en mis pezones me hace recordar que no estoy aquí para mi placer si no para el de ellos. Esta sensación de ser sólo una herramienta para el placer de otros me provoca sensaciones indefinibles. Tener mi sexo, culo, pechos y boca expuestos para ser usados por unos hombres a los que ni siquiera puedo ver me excita, quiero conocer mi límite. ¿Mi límite? Mi límite eres Tu. Tu ordenas y yo te obedezco. Ése es el acuerdo que nos une y que hemos aceptado. Por eso estoy viviendo tan intensamente este momento.

Sigo chupando, lamiendo y acariciando cada miembro. Hago esfuerzos para tragarlos enteros hasta el fondo de mi garganta sin ahogarme. De pronto siento un golpe firme en plena entrada de mi vagina y clítoris que me hace brincar de sorpresa y dolor. Me lo han dado con una pala plana. A este primer golpe le suceden otros que me dejan la entrada vaginal y el clítoris con una gran sensibilidad y doloridos. La respuesta de mi cuerpo ha sido el endurecimiento del clítoris. No cabe duda, estoy muy excitada. Cada golpe que recibo me hace pensar que no voy a aguantar más. Sin embargo no olvido la tarea que tengo frente a mí. Me esfuerzo y me concentro en la polla que en cada momento llena mi boca. Otro golpe y de repente un chorro de semen azota mi cara y mi boca. Trago con ansia, como si el amargo y viscoso líquido pudiera inmunizarme contra el dolor. Pero no, el dolor sigue presente mientras mi lengua limpia escrupulosamente los restos de semen que han quedado sobre la polla y en la comisura de mis labios.

Los golpes han cesado y siento unos dedos húmedos que me penetraban el culo. No sé cuantos son, dos, tal vez tres. Luchan por entrar en mi culo, presionan y giran dentro de él esforzándose por llegar lo más adentro posible. También siento dedos entrando y saliendo de mi vagina, jalando, sobando, acariciando mi clítoris y labios internos y externos, jugando con mis pechos.

Estoy loca de placer. Esta entrega de mi cuerpo es algo que siempre he deseado, que jugaran sin límites con él, con sus orificios, sin medida, sin respeto. A estas alturas no tengo reservas ni vergüenza. Los hombres notan mi estado de excitación. Les gusta. He empezado a jadear, a gritar, no puedo mas, estoy a punto de correrme pero no lo haré, no me está permitido. Todo ha vuelto a cesar de repente. Me desatan pero mis ojos siguen tapados. Un hombre se coloca debajo de mí y me obligan a sentarme sobre él. Soy penetrada por una herramienta dura y gruesa. Otro hombre ha comenzado de nuevo a meter su lengua en mi culo. Un tercero se coloca a la altura de mi cabeza y me obliga a mamar su verga erecta. El hombre que chupa mi culo ha decidido meterme también su dura polla.

Comienzo a sentir como, poco a poco, su dura espada caliente se abre camino en mí. Me duele pero deseo aceptarla completamente. El dolor desaparece y solo queda el placer. Empiezo a acostumbrarme a esta sensación y al movimiento de los hombres entrando y saliendo de mi boca, vagina y culo. Los sexos que me penetran se mueven a la vez dentro de mí, se rozan a través de una débil membrana. El ritmo de la penetración se hace mas regular. Mas regular y a la vez mas profundo. Me siento llena de vergas y esto me provoca algo indescriptible. Voy a correrme. Chupo con más fuerza la verga que tengo en la boca, siento una locura dentro de mí, sensaciones jamás imaginadas. Jadeo, grito, gimo. No se como entregar más de mí al placer y a estos hombres que me hacen enloquecer. No puedo remediarlo. Me agito. Los hombres intensifican sus movimientos y yo ya no me doy cuenta de nada. Los espasmos de un intenso orgasmo me recorren y un grito, apagado por la polla que llena mi boca, se escapa. No tengo noción de lo que me pasa, sólo advierto que los hombres han acelerado febrilmente sus movimientos, sus pollas buscan violentamente lo mas profundo de mis entrañas hasta que ellos también se ven sacudidos por un orgasmo y descargan toda su leche en mi interior y en mi cara. Siento cada gota deslizarse por mi interior. Recojo con mi lengua la que ha quedado depositada sobre mi labio superior. Sé que he de tomarla, es lo que os gusta y he de complaceros.

Estoy cansada, muy cansada. Pienso si todo habrá terminado. Estoy equivocada. Me obligan a levantarme. Oigo unos cierres metálicos. Identifico su procedencia, corresponden al cepo. No me he equivocado. Me obligan a colocar mi cuello y mis muñecas en las muescas e inmediatamente, la parte superior se cierra sobre mí. La altura del cepo me obliga a mantenerme de pie y echada hacia delante. No sé que va a venir ahora. Alguien me quita las pinzas de los pezones. Me duele, me duele mucho. Mis ojos siguen tapados y no sé lo que ocurre. Parece que os dirigís de nuevo a la mesa de trabajo. Sí. Oigo vuestra conversación. Habéis vuelto a vuestra tarea y me habéis dejado aquí expuesta. La inactividad hace que me pueda centrar en mis pensamientos y en mis sensaciones. Me duele todo el cuerpo, los pezones me arden, la piel que ha recibido los latigazos me quema, mi culo ha sido dilatado por poderosas pollas y ahora sus músculos intentan relajarse. Estoy empapada en sudor y mi cuerpo ha sido llenado varias veces de caliente leche. Me siento sucia, me siento como un instrumento de usar y tirar, dedicado exclusivamente a conseguir que un hombre se corra sobre mí. Sé que eso es lo que quieres de mí y es lo que intento darte. Mis pensamientos van y vienen y pierdo la noción del tiempo. Una hora, dos, no lo sé, estoy muy cansada pero mis piernas se mantienen firmes.

Os levantáis de la mesa. Parece que la reunión ha terminado. Oigo como os felicitáis por el acuerdo alcanzado. Quieren despedirse de mí, de la puta dispuesta a lo que sea por complacerte (eso ha dicho uno de ellos). Una mano me coge con violencia por el pelo y una polla toma posesión de mi boca. Me folla con fuerza aferrándose a mi pelo. Me ahogo. Mi lengua no es capaz de seguir su ritmo. No es necesario, se corre directamente en mi garganta. Intento limpiarla con mi lengua pero no me da tiempo, otra polla ha tomado su lugar. Ésta es su despedida. Por turno van tomando posesión de mi boca follándomela frenéticamente. Por turno van dejando su leche en mi lengua, en mis mejillas, en mis labios. Unos dedos recogen todo el semen dispersado en mi cara y lo lleva a mis labios. Mi lengua lo recoge y lo tomo como un bebé toma un biberón cuando está hambriento. Siento una caricia en mi mejilla. Todo se vuelve silencio. Os habéis ido y me quedo sola. De nuevo la soledad, la oscuridad, el silencio. Vuelvo a perder el sentido del tiempo.

El silencio se corta con el silbido de la fusta. La mordedura del cuero me saca de mi ensimismamiento. Los latigazos se suceden. ¿Por qué? Mil ideas atraviesan mi confusa mente. No entiendo el castigo. ¿Por qué? Por fin lo entiendo. Porque eres mi Amo, porque te pertenezco, porque no has de justificarte conmigo, porque quieres mi entrega total.

El castigo cesa. Abres el cepo y la falta de apoyo, mis músculos entumecidos y el cansancio hace que me caiga al suelo. Te agachas y quitas la venda de mis ojos. La luz me ciega, pero veo tu rostro, me sonríe. Me tomas en tus brazos. Me besas.

¿Por qué? Porque me amas.

jueves, 14 de enero de 2010

Obedezco, así soy feliz (II)

Mi sumisión ha avanzado mucho, piensas que ya estoy lista para ser entregada a otros Amos y Amas, y me has asegurado que lo harás. Lo he aceptado, lo único que espero es no dejar en mal lugar a mi Amo, espero que puedas sentirte orgulloso de tu esclava.

Ayer me dijiste que hoy sería un día especial para nosotros, sobre todo para mí. Que algo importante ocurriría y se convertiría en un bonito e imborrable recuerdo para el resto de mi vida. No hago preguntas, me limito a cumplir con tus demandas con precisión.

Esta mañana me he levantado temprano, he querido preparar mi cuerpo con calma, con la calma que sé que sólo es una ilusión, que tras ella se desatará una tormenta. Yo estaré en el centro de la tormenta por ti, tú manejarás la tormenta para mi. He lustrado mi piel hasta eliminar todo rastro de vello, siempre te ha gustado la suavidad de mi piel. Me he vestido como me has pedido: medias a medio muslo sujetas a un corsé que sustenta mis pechos sin taparlos, botas con un tacón que realza mis piernas (si, a mis 48 años sigo teniendo unas bonitas piernas) y el traje de chaqueta que tanto te gusta, ese cuya falda sólo llega a medio muslo y no llega a tapar la blonda de las medias. Todo negro. Mi piel parece mas blanca vestida de esta forma. La única nota de color está en mis labios, rojos, de un rojo brillante e intenso pero que resulta pálido comparado con mi pasión por ti.

El taxi ha llegado. Me subo atrás y doy la dirección. Conduce una mujer de unos 40 años. Tiene un perfil bonito y una voz dulce, aunque sólo puedo ver con claridad su ojos a través del retrovisor. Me sitúo en el centro del asiento trasero y separo las piernas. Es lo que me has ordenado. Nos internamos en la vorágine del tráfico de la ciudad. En cada parada veo que la mujer me mira por el espejo, al principio, como alguien acostumbrado a todo. Pero sus miradas van cambiando. Primero su mirada estudia mis ojos, pero poco a poco su mirada se pierde en las interioridades de mi piel que expongo ante ella. Puedo ver deseo en su mirada. Salimos de la ciudad con dirección a la urbanización en la que tienes tus dominios. El tráfico empieza a escasear. Al fin llegamos a la puerta de tu finca. Pago y con la vuelta me da una nota. Lleva su número de teléfono anotado. Me sonríe con timidez. Me incorporo un poco, pongo mi mano en su mejilla y la beso. Algo de mi carmín ha quedado sobre sus labios. Le devuelvo la sonrisa, guardo la nota, se que te gustará este detalle, y me bajo ante el portón de la finca. Al fin voy a conocer los territorios sobre los que ejerces poder absoluto. Yo siempre me he considerado también parte de esos territorios. Me adentro en la finca. El chalet está al fondo. guarecido por una fila de árboles. Llamo a la puerta. Estoy nerviosa. Se que va a ser una gran prueba y no debo defraudarte. Mi corazón late acelerado. Al fin abres.

- Hola Carmen, estás preciosa - me dices con una sonrisa.

Tu sonrisa me embauca, mis nervios desaparecen, ya sólo soy tu instrumento. Me colocas un collar de cuero con una chapa que lleva mi nombre escrito. Ahora todos saben de quien soy.

Me introduces en la casa. Llegamos a un amplio salón con una chimenea al fondo. En el centro hay una gran mesa de madera y a su alrededor varios sofás y sillones ocupados no veo bien por quien debido a al cambio de luz. Me sitúas en el centro.

- Ha llegado nuestra invitada de honor - dices

Oigo un murmullo de aprobación. Mis ojos se van acostumbrando y por fin distingo a tus invitados. Son Claudia e Inés, tus empleadas y mis compañeras de oficina. Claudia e Inés tienen unos 30 años. Sus cuerpos son espectaculares, pero eso ya lo sabes, tu las contrataste por ese motivo. Claudia es morena, lleva el pelo corto como un chico y tiene unos bonitos ojos negros. Inés es pelirroja, lleva el pelo recogido en un moño y sus ojos violeta cautivan a quien los mire. Ambas visten trajes muy similares al mío aunque a sus cuerpos, las cortas minifaldas, no hay duda, les quedan mucho mejor.

- Prepáranos unos cafés - ordenas.

Me dispongo a obedecer y puedo por fin mirar a los ojos a los presentes. Tienen una mirada dura y a la vez curiosa posada en mi. Tras su dureza y curiosidad también se ve el deseo. Tu sonríes.

Vuelvo con el café y me dispongo a servirlo. La mesa es muy baja. No te gusta que doble las rodillas así que inclino mi cuerpo. En esta posición la falda no llega a tapar nada y mi cuerpo queda expuesto en primer plano a Claudia e Inés. Claudia posa una mano en la parte interior de mi muslo, sobre la media y me acaricia la pierna. Inés hace lo propio con la otra. Siento fuego en sus manos, un fuego que me traspasa, que hace que mis manos tiemblen. Te miro buscando una orden, una recomendación, pero tus ojos sonríen, nada mas. Me incorporo, separo las piernas y quedo quieta, esperando una orden. Las manos de Inés y Claudia suben y bajan por mis piernas, las acarician, estudian cada centímetro con las yemas de sus dedos. Nunca había sido acariciada por otra mujer. Mil ideas cruzan por mi mente. Claudia retira el collar que tu me has colocado y los sustituye por otro. Éste no lleva ninguna placa, sólo una anilla de sujeción. Inés toma mis manos y las ata a mi espalda. Me siento atrapada, asustada, indefensa... Se crea en mí un sentimiento de ansiedad, angustia,... morbo..., estoy a merced de alguien que no eres tú. Tengo un poco de miedo porque no sé lo que quieres hacerme. Haces un gesto indicando una puerta. Claudia pone una correa en mi collar y tira de mí.

La puerta se abre y soy conducida a una habitación amplia. Hay varios artefactos colocados en las paredes, un sofá, una mesa redonda giratoria como de un metro de diámetro con correas fijas en la superficie, una mesita con todo tipo de consoladores y látigos. Del techo cuelgan argollas para sujetar. El ambiente de la habitación me embriaga, me pregunto cuantas antes que yo se han entregado a ti en este lugar. Claudia me desata las manos y desabrocha la americana que aún llevo puesta. Acaricia mis pechos. Su mano es suave y caliente. Mis pezones reaccionan. Claudia detiene sus caricias al observarlo y me mira con dureza. Me quita la chaqueta y ata mis manos a dos argollas que penden del techo. Ahora es Inés quien se acerca y suelta mi falda. Sujeta mis tobillos a dos enganches del suelo con las piernas muy separadas. Tengo miedo. Tu te sientas en el sofá dispuesto a supervisarlo todo. Tu presencia me da valor, mis temores desaparecen, sólo pienso en estar a la altura que te mereces. Inés va hacia la mesa y toma un látigo fino, como de goma. Parece una fusta larga. Me estremezco. Inés hace silbar en el aire la fusta y sonríe. En ese momento soy plenamente consciente de que el dolor me hará fuerte, de que el dolor me hará más tuya. Te miro. Estoy totalmente turbada, excitada, asfixiada por la pasión más oscura, como si yo fuera la protagonista activa y no pasiva. Me siento tan indefensa, tan... poseída, tan convencida de que mi voluntad no cuenta. Aunque eso no es enteramente verdad, quiero con todas mis fuerzas estar así, contigo decidiendo que hacer conmigo, siendo mi dueño, el propietario de mi cuerpo. Se que deseas ésto, que la situación te proporciona placer y yo quiero proporcionarte ese placer.

Inés se planta ante mí, alta, hermosa, firme y decidida, con la fusta en su mano.

- Carmen. Eres nuestra. Nos perteneces. ¿Lo sabes verdad?

- Sí Señora, soy suya.

- Lo eres porque quieres. Nadie te obliga. ¿No es cierto?

- Lo soy porque mi Señor así lo quiere. Yo no tengo voluntad, sólo soy su herramienta de placer. Él lo desea y yo lo acepto.

- Bien Carmen. Entonces sabes que podemos hacer contigo lo que queramos, cualquier cosa que se nos ocurra. ¿Cierto?

- Cierto Señora. Sólo quiero complacerlas, cumplir sus deseos y que mi Señor se sienta orgulloso de mi.

Claudia se acerca sonriente, me toma de la barbilla y besa mis labios, su lengua va en busca de la mía. La humedad de su boca me hipnotiza. Oigo un silbido y un potente fustazo azota mis nalgas. El dolor y la sorpresa me hacen gritar.

- Cállate puta, no te hemos dado permiso para quejarte.

- Lo siento Señoras, ruego su perdón.

Por toda respuesta Inés se ensaña conmigo inmisericorde. Lo que sigue se hace bajo tu atenta mirada: Inés descarga su fusta sobre mi vientre, mis muslos, mis nalgas. No sé cuantos van... diez, veinte... Mis músculos están tensos y duros como piedras. Inés me castiga de forma implacable. Ante mi. Claudia esconde sus manos en su sexo, hurgando en sus pliegues... Se ha sentado a tu lado y te ofrece sus dedos. Tu los paladeas, veo tu lengua jugar buscando los restos de la humedad de su sexo.

El castigo cesa. Claudia se acerca y me introduce los dedos en la boca. Saben a su sexo y a tu saliva. Es la primera vez que pruebo el sabor del sexo de una mujer que no soy yo. Me deleito con el sabor. Os gusta mi expresión, lo adivino por vuestras sonrisas. Pasa sus dedos húmedos por mis pechos, los acaricia, los acerca a su boca y su lengua juega con mis pezones. Se han puesto duros y hermosos como agradecimiento a sus cuidados. Inés también los prueba, le gusta como están. Con un rápido movimiento engancha en ellos sendas pinzas. Me duele y no puedo evitar un gemido. Une una cadena a las pinzas y la engancha a uno de los colgadores y la tensa. Observó en silencio el claro mensaje, para mantener mis pezones intactos tendré que estar quieta, muy quieta. Sonreís. Inés me desata las manos. Mis pezones aseguran mi inmovilidad. Los tres me observáis, parece que os gusta lo que veis. Se acercan a ti y os abrazáis y os besáis. Los besos están llenos de lujuria y humedad, esa humedad que yo he probado en otras ocasiones y que significa una fuente de vida para mi. Me observáis mientras os desnudáis unos a otros. Vuestros cuerpos son perfectos, evoco mi cuerpo en el espejo y un sentimiento de vergüenza se apodera de mi. Sin embargo sé que mi cuerpo te proporciona un placer que ningún otro cuerpo es capaz de dar, esto hace que me sienta de nuevo orgullosa de ser tuya.

Os acariciáis, vuestras caricias transmiten sensualidad, pasión. Vuestras lenguas se unen en un torbellino de lujuria. Tus manos recorren sus pechos, sus vientres, sus cuellos, tu lengua explora cada centímetro de sus cuerpos dejando tras de si un brillante rastro de humedad. Mi piel se eriza como si fuera ella la receptora de tus atenciones. No puedo remediarlo. Mis dedos buscan mi cueva. He rendirme a la sensualidad que vuestros cuerpos despliegan para mi. Vuestros cuerpos se han fundido en uno solo que llena el espacio de jadeos. Bocas, manos, lenguas recorren cada pliegue de la piel, todos los sentidos están alerta y juegan. La vista de los cuerpos, el tacto de las pieles, el gusto de los sexos, el olor de mujer y de hombre invade la estancia, los gemidos indican el buen hacer. Su única misión es elevar mi excitación. No puedo apartar la vista. Los cuatro constituimos un cuerpo destinado al placer.

Claudia se levanta y se acerca. Toma mi mano y se la mete en la boca saboreando mis jugos. Siento su lengua jugando con mis dedos, buscando cualquier resto de mi sabor. Se acerca a la mesa y toma un consolador que lleva una ventosa al final. Lo fija en el suelo entre mis piernas. Suelta las cadenas que sujetan mis pezones al techo.

- Ponte en cuclillas y métete la cabeza del consolador.

Lo hago, sólo he metido la cabeza. Deseo dejarme caer, sentir toda la herramienta dentro de mi. Ha vuelto a sujetar la cadena al techo y la ha tensado. Mis pezones están tirantes, el dolor me invade.

Inés se ha arrodillado entre tus piernas. Ha tomado posesión de ti, pero tu mirada no se aparta de mi. Es ella quien ha dado cobijo en su boca a tu polla pero soy yo la que saborea tu piel y tú lo sabes. Tu arma dura, grande, poderosa, se desliza entre sus labios pero yo siento que son los míos, que es mi lengua la que recorre su tronco, soy yo la que siente tu poder. Retiras su cabeza. Inés se gira y me mira con superioridad, ella cree que te ha saboreado, pero tú y yo sabemos que no ha sido así. Claudia se sitúa a horcajadas sobre ti y abre su sexo. Tu diriges tu polla hacia la entrada. Un gemido se escapa de su garganta cuando comienzas a penetrarla. Me miráis y se lo que queréis que haga. Yo también tengo una herramienta a la entrada de mi sexo. Deseo agacharme mas para poder llenar mis entrañas pero mis pezones hacen de tope. El placer y el dolor van firmemente unidos en esta ocasión.

- Métetelo entero, zorra – me dice Inés mientras sus manos juegan con los pechos de Claudia.

Empiezo a bajar. Cada milímetro de placer significa una punzada dolorosa, un milímetro que me martiriza, que me estira, que me rompe. Dejo de sufrir, rechazo el dolor, cada milímetro es un milímetro de placer que se abre camino en mi. Cierro los ojos, muerdo mis labios, una lágrima se desliza por mi mejilla. He llegado al final. Mis pezones están al límite pero me siento llena. Mi mano buscó mi vulva a riesgo de perder el equilibrio. Me miráis con una mezcla de ternura y lascivia. Está claro que disfrutáis. El juguete que me penetra se convierte en un muelle sobre el que comienzo a botar. El dolor y el placer se suceden sin límite de continuidad. Intento seguir el ritmo de Claudia sobre tu polla, de esta forma te siento mas cerca de mi. Mis dedos ayudan a elevar mis sensaciones por encima de lo que nunca hubiera soñado. Me abandono. Cierro los ojos. Estoy sola en el mundo y el placer es el único objetivo. Una fuerte corriente recorre mi cuerpo. Estoy llegando al final, el camino se termina, la puerta del placer se abre ante mi. Mis sentido están fijos en mis centros de placer, no hay nada mas, siento como se prepara la primera descarga que me llevará al orgasmo, ya está, ahí viene.

- No te corras puta

Una bofetada me hace volver al mundo real, la puerta se ha cerrado. Abro los ojos y veo a Inés ante mi. Sus ojos están furiosos.

Tu estás aquí para nuestro placer, no para el tuyo. Si alguien ha de correrse seremos nosotros. Tu lo harás si consideramos que lo mereces. ¿Está claro?

Bajo la cabeza y asiento. Inés suelta las pinzas de mis pezones. Inmediatamente pone un nuevo collar en mi cuello sujeto por una corta correa. Conozco este tipo de collar, me ahogará cuando su dueña lo desee y tire de él.

- Arrodíllate como la perra que eres.

Lo hago, me pongo a cuatro patas. Mis manos son atadas a mi espalda. Inés tira un poco de la correa hacia arriba y el aire comienza a faltarme.

- Esto es lo que ocurrirá como Claudia no apruebe tu forma de hacer.

Claudia se sienta ante mi. Lleva puestos sus zapatos. Dirijo mis ojos, mi boca, mi mente hacia su cuerpo. Es una sensación totalmente extraña y desconocida para mi. Nunca he probado el cuerpo de una mujer. Mi lengua recorre su geografía, desde el tacón hasta su vientre dejando un húmedo itinerario sobre su piel. Mi lengua recorre su cuerpo, erizando cada poro de su piel, hasta llegar al centro de su placer que palpita y espera húmedo, fragante. Sus dedos lo recorren de arriba abajo, explorándolo, mientras mis labios buscan su ración de néctar. Miro hacia arriba y veo que Inés se ha colocado un arnés. Tu has tomado posesión de los senos de Claudia. Veo como la punta de tu lengua abraza sus pezones. No puedo evitarlo, estoy muy excitada, ebria de deseo, de un deseo tenebroso, oscuro, pecaminoso... fascinante. Quiero entregarme a vosotros, daros lo que queráis. ¿Hasta que punto? No lo sé. Vosotros decidís por mí. Inés coloca el consolador de su arnés a la entrada de mi vagina. Su contacto me electriza. Me penetra sin miramientos. El consolador es grueso y me llena. En mi cueva no queda un rincón que no sienta su contacto. Claudia me toma del pelo y presiona mi boca contra su cueva de placer. Inés tira de la correa. El aire me falta, eso hace que abra la boca con mas ansiedad, mi lengua busca los jugos que Claudia me ofrece como si ellos me dieran también el aire para respirar. La excitación, la ansiedad, el deseo, la opresión en mi pecho por la falta de aire, todo se nubla y voy a desmayarme. Pero no, la correa se afloja y puedo respirar de nuevo mientras mi vagina se encharca literalmente. Claudia me acaricia los cabellos con dulzura:

- Me gusta que estés tensa y asustada.

Mis labios no se detienen, siguen con su labor. Inés comienza a follarme con fuerza mientras tensa un poco el collar. Respiro con dificultad pero no cejo, mi lengua es imparable. Siento como las piernas de Claudia empiezan a temblar, está a punto. Me aplico con mayor entusiasmo. Un espasmo comienza a recorrer el cuerpo de Claudia mientras una voz que parece venida de unas profundidades desconocidas gime y arroja un grito que invade la estancia. A ese primer espasmo siguen otros y mi cabeza queda aprisionada entre sus muslos mientras el orgasmo parece no tener fin. Inés deja la correa. Me desata las manos y me deja tirada. Se acerca a ti, se sienta sobre tu polla y comienza una cabalgada feroz. Su cuerpo sube y baja con violencia, el ritmo es frenético, sólo se escucha el choque de vuestros cuerpos en cada embestida. Mis manos se apoderan de mi clítoris. Veo el placer en tu cara, la estás poseyendo con furia. Tu polla se abre camino con todo el poder, veo los labios vaginales muy abiertos, como si tuvieran dificultades para poder abrazar tu herramienta con plenitud. Conozco esa experiencia. El recuerdo me humedece aún mas. Un nuevo grito invade la habitación e Inés se desploma a tu lado como si una corriente eléctrica la estuviera atravesando. Sus ojos están cerrados como queriendo guardar cada instante en su mente. Sus espasmos se van amortiguando pero su cara muestra que aún se encuentra en otro lugar.

Te pones en pie y te acercas a mi. Me abalanzo sobre tu polla pero un tirón de la correa, que ahora sujeta Claudia, me impide lograr el objetivo. Tiro como un perro en busca de alimento aunque se que no llegaré a él. Tu te masturbas a escasos centímetros de mi boca. Tiro y tiro desesperada y solo cedo cuando la falta de aire me obliga, pero una vez tras otra vuelvo a intentarlo. Estoy poseída, rabiosa. Quiero un premio que mantienes cerca de mi pero al que no llego. Mi lucha te divierte. Conozco tu cuerpo y se que estás a punto de soltar tu chorro de vida. Me dispongo a recibirlo. Tus jadeos lo invaden todo. Ya viene. En ese momento Inés se arrodilla a mi lado y tu diriges tu polla hacia ella. Explotas. Un rugido de triunfo sale de tu garganta. Uno, dos, tres, cuatro latigazos de tu leche se depositan en su cara, en sus labios, en su lengua. Claudia se arrodilla a su lado y comparte tus jugos. Sus lenguas recogen hasta la última gota de tu maná. Os juntáis los tres y os besáis.

Yo permanezco tirada en el suelo, mirando.

La línea que separa el placer del dolor es muy fina. Tan tenue... tan difusa... a veces parece inexistente. Acabas no sabiendo dónde empieza uno y donde termina el otro. Soy sumisa, tu esclava. Por propia voluntad y libremente he pasado a ser de tu propiedad para que me sometas, me he entregado a ti de forma total y absoluta y obtengo el placer a través de ese sometimiento.

Hoy me has puesto a prueba y me has entregado a otras. Me han menospreciado, insultado, vejado y tú ni tan siquiera me has tocado. No he sentido tu piel, no he sentido tu calor.

Hoy he sido mas tuya que nunca.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Obedezco, así soy feliz (I)

Hace tiempo escribí algunos relatos que coloqué en varias web. Creo que es lógico que ahora los coloque en mi blog. En ellos hay fantasía pero también realidad. No he querido retocarlos aunque hay cosas que hoy escribiría de otra manera


He llegado la primera al trabajo. La calefacción aún no está a pleno rendimiento y tengo frío. Mi forma de vestir no ayuda. Llevo la camiseta de licra blanca ajustada con el escote grande, la minifalda gris por encima de medio muslo y con una abertura sobre el muslo derecho, las botas negras con el tacón alto y fino, no llevo medias ni ropa interior. No es la ropa adecuada para la época del año, lo sé. Anoche me llamaste por teléfono y me ordenaste que hoy vistiera así. Tengo frío pero he de obedecer.

Son las ocho y media y la gente empieza a llegar a la oficina. Todos, ellos y ellas, al ver mi forma de vestir, saben lo que va a pasar hoy. Ellos me miran con ojos lujuriosos, les gustaría estar en tu lugar. Ellas me miran, no sé si con envidia o con extrañeza. Todas son jóvenes, apuestas, guapas y dispuestas. Sin embargo, tu me has elegido a mí. Nadie allí entiende como has escogido a una mujer de 48 años. Esta mañana al ducharme he observado mi cuerpo en el espejo. Estoy bien para mi edad, mis piernas están bien torneadas, la gravedad ha empezado a afectar a mis tetas, pero su tamaño hace que aún se vean deseables, mi culo se mantiene prieto. No, no estoy mal para mi edad. De todas formas no puedo compararme al resto de las chicas de la oficina. Ninguna llega a los treinta y tú has tenido buen cuidado de escogerlas por sus cuerpos. Pero me has elegido a mí. Por eso estoy pasando frío vestida para ti.

Al fin llegas. Vienes vestido con tu abrigo y tu traje de Armani. Le sienta muy bien a tu cuidado cuerpo de treinta años. Te paras en medio de la oficina, esperando. Sé que quieres ver si he cumplido tu orden. Me levanto, desfilo ante ti. Pareces complacido. Entras en tu despacho y colocas una silla en el medio. Todos podemos verlo a través del ventanal que comunica tu despacho con nuestra oficina.

Al fin suena el interfono:

- Carmen, a mi despacho.

Ha llegado el momento. Entro en tu despacho y cierro la puerta. Me ordenas que baje la persiana del ventanal.

- No la cierres demasiado, que pueda entrar un poco de luz - me dices.

Sé que la luz no te importa.

Me giro y te miro. Estás sentado en la punta de la mesa tan guapo, seductor, magnifico, dueño y señor de todo cuanto ves, incluyéndome a mí. Allí estaba mi Amo y Señor.

Nuestras miradas se encuentran, la mía sumisa y con algo de miedo, la tuya llena de ira. Me acerco a ti. Levanto el rostro y soy recompensada con una suave caricia en el trasero y un beso que se notaba a leguas estaba cargado de pasión y lujuria. Mis senos erectos presionan sobre tu traje gris. Sé que nos están mirando a través de la persiana mal cerrada. Sé que en sus caras hay envidia, celos, dolor, deseo, rabia, amor, todo lo cual me produce la más exquisita forma de placer.

Me miras. Sé lo que significa cada mirada tuya. Me inclino hacia ti, manteniendo mis piernas rectas y estiradas, para desabrochar tus pantalones. En esta postura mi culo queda expuesto a los mirones. Desabrocho el pantalón lentamente, el ruido del cierre al bajar produce una oleada de calor dentro de mí que creo que me va a hacer desfallecer con sólo imaginar lo que sacaré de allí. No parpadeo, respiro por mi boca entreabierta como si me faltara oxigeno. Y tú, TÚ mirándome, no puedo sostener tu mirada. Comienzo a pasar mi lengua sobre el slip ya expuesto, saboreo, por encima de éste, el tesoro que guarda, de repente de un solo tirón bajo el pantalón y el slip, y puedo observar tu hermosa polla brillante, erecta, toda una diosa. Separo un poco las piernas para acomodarme mejor ante aquel manjar. Mi excitación se ve en esos jugos que gotean por la entrepierna, mi coño expuesto a todos, tan rosado, tan depilado. Con tu polla en la mano y tus testículos al aire, saco la lengua y pinto cada detalle de lo allí expuesto de forma salvaje, con hambre loca. Mi desesperación es tal que la trago toda, centímetro a centímetro, entre chorros de salivazos, aprieto un poco los testículos y comienzo a mamarla. Mi Amo y Señor. Echas tu cabeza hacia atrás. Mi aliento es como fuego para ti. Lo noto por la forma en que tu mano empieza a acariciarme con rapidez sin dejar nada, pellizcarme los pezones sobre la tela de la camiseta. Tu adorada polla entra y sale de mi boca, la trago entera hasta hundir mi nariz en tu adorado pubis, sigo moviendo mi cabeza y labios de arriba abajo a todo lo largo de la chorreante pija

Tu mirada en la mia me indica que sabes lo que me pasa, conoces mi cuerpo tan bien como el tuyo propio, soy una extensión de tu mente y alma, sientes lo mismo, lo controlas todo. Me lo demuestras al detenerte, sabiendo yo como sé que estabas a punto de estallar. De repente te enderezas, me agarras por el cabello y me arrojas sobre la mesa. Quedo aplastada contra ella. Levantas mi camiseta por encima de mis pechos. Me acaricias, me tocas los senos mientras me chupas las orejas, metes tus manos entre mis piernas, sacas mis jugos y los chupas con tal deleite que yo me veo morir.

Me coges por el pelo de nuevo y me arrastras hasta la silla que tienes preparada. Me haces doblarme sobre el respaldo y atas mis muñecas en los apoyabrazos. En esta posición veo el ventanal. Veo sombras moverse tras la persiana. Sé lo que piensan esas sombras, sé lo que desean.

Te acercas por detrás. Paseas tu polla por mi sexo. De él salen los jugos con los que otras veces sacias tu sed. Hoy no. Colocas tu miembro en la entrada de mi vagina y aprietas. Mi cueva húmeda, ardiente, te acoge. Mi sexo se cierra en torno a tu poder. No quiere dejarlo escapar. Desea retenerlo para siempre. No veo tu cara pero sé que estás sonriendo. Me siento llena. Comienzas a moverte. Tu placer es mi placer. Todo está en silencio. Las sombras tras la ventana no se mueven. Sólo se oye el golpear de tu pelvis contra mis nalgas. No puedo remediarlo, empiezo a gemir. Sé que todos me oirán pero no me importa. Te gusta. Lo sé porque aceleras el ritmo. Sujetas firmemente mis caderas y me penetras profundamente. Me parece un sueño que mi sexo sea capaz de albergar toda tu polla. Mis pechos se balancean al ritmo de tus embestidas. Mis gemidos suben de volumen. Las sombras se mueven nerviosas. Soy el centro del mundo. De ese mundo del que tú eres dueño y señor. No puedo aguantar más. Un espasmo recorre todo mi cuerpo. De mi garganta sale un gemido profundo y animal. Mi cuerpo no me pertenece. Quiero gritar ya basta, basta, pero no puedo, solo cerrar mis puños, gemir ahhh ahhhhhhhhh ahhhhhhhhh y de repente todo estalla, mi vagina se estremecie........... ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh.........Me corro. Tengo un orgasmo, no paras, otro latigazo, sigues. En un minuto me he disparado tres veces. Tres orgasmos cortos pero consecutivos. Mis piernas flaquean. Estoy en el cielo. De repente me doy cuenta. No me has dado permiso para correrme. Sé que eso te enoja. Sé que voy a ser castigada. Hace unos segundos estaba en el cielo y en breve estaré a las puertas del infierno. Oigo que abres un cajón. Sé lo que guardas ahí. Un silbido en el aire y tu fusta cae sin piedad sobre mis nalgas. No emito ningún sonido, no debo. Siento como si me hubieran desgarrado mi firme pero tierna nalga. El dolor que siento se mezcla con el deseo. ¿Cuánto podré aguantar?. ¡¡Aaah!! Mi otra nalga sufre el mismo tratamiento. No puedo contener mi voz y gimo. ¡¡¡Aaahhhhh!!! El tercer golpe me parece mas fuerte que los anteriores. ¡¡¡Aaahhh!!!! El dolor en mis nalgas es muy fuerte ahora. Mi trasero me arde. Cada golpe lo contrarrestas con una leve caricia a mi sexo.

¡¡¡¡Ahhh!!!!! ¡¡¡¡¡Ahhh!!!!!! Algo me está sucediendo. El placer y el dolor se unen ahora en una deliciosa condena...mi cuerpo ya no es mío, te pertenece totalmente. Me abandono a esa sensación.

¡¡Aahhhh!! Me golpeas sistemáticamente, y llegó un momento que a cada golpe creo seguro que no aguantaré ni uno más.. pero sigues. ¿Cuántos azotes han soportado mis nalgas? ¿10? ¿12? Me parece excesivo. Sé que mi placer sin tu permiso te ha hecho enfadar. Las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos. Eso te gusta. Sabes que he comprendido. Te agachas y masajeas mi dolorido culo. Separas mis nalgas e introduces tu lengua en mi puerta trasera. Eso no. Me muevo y aprieto el esfínter. Un nuevo fustazo deja claro que mis deseos no tienen ningún valor. Dejo que sigas e intento dominar mis sensaciones. Te pones en pie y apoyas tu miembro en la entrada de mi culo. Es inútil que me resista. Presionas. La cabeza de tu polla se abre camino sin dificultad. Mis músculos se acomodan a ti. Alguna de las sombras ha desaparecido. Vuelves a presionar. Noto cada centímetro, cada milímetro de tu poderoso miembro introducirse en mi, hasta ahora, virgen culo. No hay dolor. Continúas. Al fin siento tu bello púbico frotarse contra mis nalgas y mi depilado sexo. Tu herramienta está completamente enterrada. Me siento mas tuya que nunca. Me coges por el pelo y te sujetas a él como si fuera la crin de un caballo en que cabalgaras. Mi cuerpo se arquea. Comienzas a bombear. Los músculos de mi culo se cierran sobre tu polla para evitar que salga. Es la primera vez pero mi culo reacciona como si estuviera acostumbrado. Sigues moviéndote. Empiezo a gemir de nuevo. Esta vez no pararás. Me das cada vez con mas fuerza, con mas profundidad. Llevo en la misma posición mucho rato y mis piernas empiezan a flaquear. Pero no estaré mucho más así. Estás a punto. De repente la sacas. Das la vuelta a la silla y te pones frente a mi cara. Te masturbas con frenesí. Abro la boca. Lanzas un aullido desgarrador. El primer latigazo de semen me cruza la cara, el segundo y el tercero caen sobre mi lengua. Lo saboreo como si fuera a darme vida eterna. Te gusta que lo trague todo. Con tu polla recoges lo esparcido por mis mejillas y lo das a mi lengua. Afuera se oyen algunos ruidos.

Todo se clama. Estoy con los ojos cerrados, respirando el perfume a sexo que inunda el despacho. Me desatas los brazos. Me incorporo. Coloco la camiseta y la falda en su sitio. Sigo con los ojos cerrados, no deseaba abrirlos, quiero retener este momento. Oigo abrirse la puerta. Tú, inmaculado, estás en el quicio esperando que yo me vaya. Cuando paso a tu lado bajo la mirada. Me retienes con tu fornido brazo. Miras hacia la oficina. Todos están sentados en sus puestos pero hace unos momentos nos miraban queriendo ser nosotros.

- Carmen, su trabajo en esta compañía es sobresaliente, tal vez sus compañeros tengan interés en aprender de usted. Veremos lo que se puede hacer.

No puedo mirarles. Levantas mi rostro. Me sonríes. Tu cara se acerca a la mía. Te miro, miro tus ojos llenos de amor como siempre, mis dedos con lentitud delinean tu cara y entreabro mis labios para recibir tu beso, tu lengua recorre mi boca, con pasión, con fuerza me aferro a ese beso de aprobación como un naufrago a su salvavidas, en ese beso va mi redención...